viernes 10 de julio de 2009

Nuestra fe*

Luz de fe y esperanza...
Fotografía: Miguel Servellón


"-- ¡La fe, querido, la fe!... Fe es voluntad.
Se llega a tener fe, que aunque lo crucifiquen
a uno, sonreirá y resucitará el tercer día,
sin que el cuerpo se haya dado cuenta
de lo que ha sufrido."

Salvador Salazar Arrué, El Señor de la Burbuja


¡Qué dicha más grande la nuestra: vivir enamorados... vivir enamorados de nuestra fe!"
Fe que muchas veces quebrantamos: "En instantes somos río corriendo con todo vigor, queriendo realizar nuestro anhelo; otras veces, rosas marchitas por la abyección, la abulia, la disyunción de humano con lo Divino."
Sucede que nuestra fe se mortecina, se rebela y se lanza contra nosotros como fiera hambrienta en el bosque, ¿por qué? Porque somos espíritus extenuados en creencias: "Velero que a la menor racha, cambia de curso." Poque la fe que llevamos a flor de piel es muy apócrifa y esto borra con suma facilidad lo que con asaz paciencia y primor nos inculcaron los progenitores en el rosal de la niñez.
¡Nuestra fe no debe trajinar andurriales, mucho menos, dédalos oscuros; la fe nuestra deberá estar cimentada en la hermosa, grande e inconmensurable Sabiduría que nos dejó el "Rabí de Galilea!"


* Publicado en Filosofía, Arte y Letras, de El Diario de Hoy, el sábado 12 de mayo de 1990 y firmado con el seudónimo de Cesleo.

jueves 9 de julio de 2009

El matemático - poeta

Inspiración japonesa.
Fotografía: Albert Ruiz


Uno en la vida conoce a personas que nunca termina de conocer ( mi consorte es una de ellas, por ejemplo). Es más, hasta la boca se nos queda chiquita con un ¡guao! de asombro y de admiración. Esto me ocurrió hace pocos días, el martes treinta de junio apenas. Al profesor Rafael Antonio Gallardo lo vengo observando desde hace nueve años atrás, y su conducta y rectitud han hablado por él como una persona sin tacha y sin soberbia, que me atrevería a "meter las manos al fuego" por él, porque sé que de esa hoguera saldría sin llagas.
El profe Gallardo, como es conocido, ejerce la docencia en las especialidades de Matemática y de Educación en la fe (que para eso estudió Teología). No es común que de entre todos los seres que constituimos lo que llamamos Humanidad y que dedicándose a la ciencia de los números, resulte un matemático - poeta. (Y aquí, en este punto, hago una pausa para pensar) . Bueno, sí, la Humanidad ya parió a un científico - escritor. Hablo de Ernesto Sábato, quien en 1945 abandonó la física para dedicarse a la literatura (y vaya que salió bien librado: El túnel, Sobre héroes y tumbas y Abaddón el exterminador, sólo para mencionar algunos ejemplos.)
Pues bien, lo que quiero decir es que el profesor Gallardo, de entre sus textos escritos, tuvo la amabilidad, primero, de declamármelo de memoria y luego, regalármelo por escrito. Esto es la muestra de lo que es su estro poético. Deléitese y coméntelo entre sus amigos y parientes.


Ataúd


La ciudad siendo la misma
como el aire que por ella vaga…
El día en que dos cuerpos enterraban
dos familias distintas lloraban.

Un ataúd eran de oro sus adornos
como el cuerpo que dentro iba…
La gente lloraba lágrimas de alegría
y sus pensamientos coincidían,
pues inmensa fortuna dejaba.

El otro era tosco y sin pintar,
con adornos de papel celofán.
Descansaba el sueño eterno
el padre, el sustento y el pan…
Los hijos lloraban incansables al ver que se iba,
pues él era el pan y la vida.
Aquél golpe era sin freno…

Un ataúd eran de oro sus adornos.
Caravana inmensa de vehículos acompañaba…
Todo brillaba, pues era Don que ahí bajaba.
La calle era despojada de intrusos.

El otro era tosco y sin pintar,
con adornos de papel celofán.
Cargado en la nuca por sus hijos tristes
que llevaban a su padre a enterrar…
Todo era oscurecido, aflicción y palidez.
La madre, unos amigos y el compadre acompañaban…
Un vacío, una herida que nunca iba a sanar
era lo único que quedaba después de llorar…

La ciudad siendo la misma
como el aire que por ella vaga…
El día en que dos cuerpos enterraban
dos familias distintas lloraban…


(29 de noviembre de 1976)

miércoles 8 de julio de 2009

Epístola octava

Modelo para una carta de amor.
Fotografía: Enrique Viola


Donde J. O. da cuenta de su situación un tanto gris, y trunca de un solo tajo, la relación epistolar que con Ana P. G. mantenía.


Ana P. G.:


Con el diálogo escrito hemos pasado más de dos meses. Nunca me imaginé que la relación epistolar llegara a límites insospechados de franqueza y de confidencialidad... Vale decir, de intimidad.
Quizás convenga, por el momento, truncar esta ansiedad de escribirnos, porque mi situación se volvió un tanto gris. Deja que mis palabras se denuden ante tu presencia ausente.
Deposité, como de costumbre, en mi saco, las últimas dos cartas que recibí. “Provisionalmente”, me dije. Pasados unos tres días (el diez de febrero para ser exacto), introduje mi mano en la bolsa interior y para mi sorpresa, llegó hasta el fondo sin que mis dedos tropezaran con los sobrecitos oblongos. “Bueno – me dije --, tal vez las olvidé entre las páginas de El primo Basilio, pero para no levantar sospechas continuaré actuando como si nada”.
Días atrás había notado a mi consorte con la cara agria. Me servía la mesa desganadamente. Si conversábamos, siempre me respondía cortante. Cuando salíamos de paseo las indirectas (directas diría yo) eran frecuentes.
El sábado doce cuando me servía el desayuno, quizá su pecho ya no soportó más el peso de los celos y recitó de memoria los siguientes textos: “Quien aun te ama con el corazón, Ana P. G.” “Por siempre tuya aunque sea en mi cabeza, atentamente, Ana P. G.”
Me quedé con el bocado suspendido en el cubierto, algo atontado y con el apetito huyendo de mi organismo.
La citas textuales fueron la respuesta a las sospechosas interrogantes que me hice, momentos después al no encontrar las epístolas en el libro de Eca de Queiroz: “¿Habrá encontrado mi cónyuge las cartas enviadas por Ana P. G.? ¿Les habrá dado lectura? De cumplirse mi premonición, ¿no estaré en gruesos aprietos?
-- Las has leído – le dije en un hilo de voz que pretendía ser inaudible.
-- Sí – me respondió en un tono inusual --. ¿Y por qué no me dijiste que le escribías a tu ex novia?
-- Porque sabía que el reproche estaría de tu parte. Decidí ocultártelo a la luz de que , entre ella y yo no había reconciliación sino motivos por los cuales me abandonó. Con la escritura de mis cartas no adquiría compromiso de retorno, sólo me atrevía a confesarle los sentimientos que un día fueron presidiarios en la mazmorra de mi pecho.
-- Sí, pero tu ex novia, en la despedida de esas dos cartas te está seduciendo. Dicha situación, como esposa no estoy dispuesta ni obligada a soportarlas. ¡Anda, ve cortando pronto esa relación que ya mucho afecta mi ánimo! De no hacerlo tú, te aseguro que tengo el arrojo suficiente para escribirle a una desconocida y darle su merecido, aunque sea epistolarmente.
-- Lo haré gustosamente por el respeto que te guardo. Considero no haberte fallado en nada; si consideras que con esto he cometido falta grave, perdóname.
-- Con seguridad mi indulto ya besó tu falta. Sólo te pido más coordinación en nuestro accionar.
Con estas palabras el coloquio llegó al colofón. Me levanté un poco. Moví la silla hacia atrás. Me incorporé. Nos abrazamos, pero el apetito ya no volvió a tocarme durante la mañana. Incluso, al terminar el mediodía no ingerí ningún alimento; sólo por la tarde, creo, tuve una cena frugal.
Ya te narré mi situación al borde de una discusión violenta. Por favor, te pido que tu brazo no se apoye más sobre una hoja de papel en blanco.
Con afecto,


J. O.


Antiguo Cuzcatlán, febrero 14 de 2000

Crueles intenciones


Sabes que te escribo y no me contestas. Sabes que te adoro y no encuentro correspondencia. Sabes que moriré en el intento, porque tu corazón ya no es tuyo y nunca ha sido mío. Sólo espero que aquél caco malvado se muera el día en que piense robarte un beso... y la virginidad.

lunes 6 de julio de 2009

Epístola séptima

Série cartas.
Fotografía: Eduardo - Soares


Donde Ana P. G., al siguiente día, en la oficina de correos, remite otra carta que debió ser posdata en la epístola anterior.

J. O.:
La presente epístola debió haberte llegado como una posdata; pero por ser yo quien escribe, pienso que tú sobreentiendes algunas situaciones, cuyo trasfondo necesita de una merecida explicación.
Cuando en mi carta anterior te escribí: “Mi intención era que nos reconciliáramos para que, entre mis padres y yo, no continuara la nota discordante que había alterado nuestra armonía”, me refiero a que mis progenitores estaban furiosos conmigo, porque sin decir agua va te había despachado (creo que eran las cuatro o cinco de la madrugada, un día después del acuerdo obligado) para tu domicilio y porque no sabiendo ellos de mi gran desliz, colegían el derrumbe y fallecimiento de nuestro amor. Aún más, el patronímico familiar quedaba en desventajosa posición por culpa de mi vil actitud.
Por siempre tuya, aunque sea en mi cabeza, atentamente,
Ana P. G.

El Carao, Intipucá, febrero 04 de 2000

viernes 3 de julio de 2009

Despiadado el tiempo (y III)


III


Por fin, los dos hidalgos llegaron a la barbacana; la traspasaron, y pronto, el puente levadizo fue su vecino.
El puente estaba tan abollonado, que decidieron estirar las piernas para atravesarlo. Sabían que hidalgo y caballo, haciendo un solo peso hundirían el puente y caerían, sin duda, a la corriente infestada de yacarés.
Sorteando los diferentes espacios vacíos del puente, lograron cruzarlo no sin pocas dificultades.
Frente a ellos estaba el umbral del castillo con la puerta mal cerrada. Para abrirla, la forzaron un poco: los goznes no pararon de lamentarse hasta que ésta hubo terminado su movimiento de traslación.
Habiendo penetrado en su interior, observaron los rasgos de magnificencia que una vez tuvo y la ruina en que ahora se encontraba.
- Es un castillo hermoso y fúnebre a la vez – dijo uno de los hidalgos.
- Sí – corrigió el otro – este alcázar es un monumento a la vitalidad y a la muerte.
- Sus moradores de seguro vivieron en la opulencia.
- De eso no cabe ni la menor duda.
En ese instante un ligero viento estremeció las jambas, como si el aliento de la última palabra pronunciada por el hidalgo lo hubiese producido adrede.
Las jambas cedieron al peso del dintel, cayendo vencidas al suelo y aumentando el acceso de lo que parecía ser la habitación del noble.
- ¡Vamos! – dijeron al unísono
Ingresaron a la sala amplísima. Una tenue iluminación que salía del estudio y se extendía hasta la puerta, les llamó la atención. La luz, tímida, lanzó su último aliento aferrándose a la vida: la vela había muerto. El Barón por su parte, respiraba con dificultad queriendo importunar a la Muerte: aquella que se lo quería llevar, éste que la retenía. La Muerte, al fin, estiró la cuerda con menos debilidad y aquél, no pudiendo sostener la fuerza, dio un respiro hondo lleno de fatalismo.
- Hemos sido testigos de la muerte del Barón – acotó un hidalgo.
- Al menos la soledad no fue su compañera en los últimos minutos
de su vida.
- Cierto – dijo con laconismo el primero.
Ya había amanecido completamente, y los rayos del sol entraban alegremente por la ventana. Ahí estaba la figura del Barón: huesuda, que en vida parecía un cadáver y ahora ya no podía simular.
La cabeza reposaba sobre el escritorio, y varias cuartillas debajo de éstas.
-¿Será su libro póstumo? – preguntó un hidalgo a otro.
-No lo sé – respondió
-Veamos entonces
Bastó levantar un poco la cabeza para sacar las páginas.
En las mencionadas cuartillas, podía leerse:
Castillo de Sigognac, agosto 3 de 1464
Soy el último de una estirpe sin par. Nunca hice daño a mi prójimo, ni al noble ni al plebeyo; más bien, mi palma llena de magnanimidad y de justicia se posó en sus hombros entristecidos. Mis ascendientes también guardaron inocuidad en favor de sus semejantes, a tal grado que, cuando uno de ellos respiraba el último hálito de vida, la plebe abarrotaba (porque un edicto lo permitía: la soberbia hacía mucho tiempo ya, que descansaba sepultada en el olvido) el interior del castillo.
Jamás le fui infiel a mi esposa y sólo cuando ella faltó a causa de una terrible enfermedad, la melancolía y la soledad me arrojaron a escanciar las copas y a vivir una vida colmada de crápula.
Estando mi esposa con aliento, escribí aquel tratado de moral que a mucha gente incomodó. Gracias a La moral disecada, mi cabeza fue puesta a la venta, pero jamás, nadie, logró separarla de mi cuello.
Tiempo después hubo sucesión de nobles y de Pontífices. Éstos más maduros y con la cordura a flor de piel, emitieron, cada uno a su estilo, un edicto. El uno me indultaba la vida y el otro, levantaba la excomunión, que aún, a fuerza de autosugestión, estigmatizó mi espíritu. Este edicto llevaba por título Pater, dimítte illis: non enim sciunt quid faciunt. La verdad es que ningún perdón y olvido me hacían falta, porque ya me había acostumbrado al nomadismo inútil. La única gracia de estos edictos es que pude volver libremente al castillo de mis ancestros.


* * * * *


Siento que la vida se me extingue... Ahora que las fuerzas vitales me abandonan y la Muerte ejerce sobre mí su gobierno, lego este castillo al despiadado tiempo, para que continúe ejecutando su obra de desprecio sobre mi munificente y bien amada estirpe.

Barón de Sigognac

-En verdad, éste – dijo un hidalgo, señalándolo – era un gran Barón.
-Lo era – prorrumpió el otro.
El sol caía feroz en los alrededores y el castillo se volvía más triste.

Epístola sexta

Letter. Fotografía: Manu Ruizarte


Donde Ana P. G. responde a una pregunta clave y da cuenta de las malévolas intenciones que, en el fondo tenía su llamada telefónica.

J. O.:
Con tu cuestionamiento pretendes disipar toda niebla de dudas que, como terrible ceguera han soportado tus ojos del entendimiento. Con base en esta justificación me arrojas una interrogante clave, cuya respuesta, creo, te la proporcionaron los acontecimientos ulteriores al no tan feliz término de nuestra relación.
Bueno, como tú sabes, mi óvulo no le negó posada al espermatozoide del “otro personaje”, situación por la cual, en un abrir y cerrar de ojos quedé fecundada. El hecho no era bomba de relojería si la bendición nupcial hubiese sido la mediadora; pero mi relación marital se destacaba por no descansar en el tiempo y en el espacio adecuados, y peor aún, mis padres no sabían del engaño que había perpetrado en tu contra.
Para alcanzar mi objetivo, en la mente había urdido un plan que, de no haber fallado, éste habría sido endiabladamente perfecto. En el centro de esta treta estabas tú. El plan era sencillo, pero a la vez, el más sórdido y malvado que he concebido. Paso a la exégesis del asunto. Como paso inicial mi intención era que nos reconciliáramos para que, entre mis padres y yo, no continuara la nota discordante que había alterado nuestra armonía. El paso medio consistía en que, con los artilugios aprendidos en la cama te haría dar un gran desliz, hasta verte caer en tentación y mordiendo la manzana de Eva, gozaras de tu disparo seminal y yo de mi triunfo a costillas de tu caída. El paso último puede colegirse de los dos anteriores, que mi íntegro propósito era otorgarte la paternidad con una criatura, cuyos lazos sanguíneos denunciaban a otro autor genético. Así de fácil, así de estólido, así de irónico y así de maquiavélico era el plan fallido como consecuencia de tu empecinada negativa.
Con el correr del tiempo me di cuenta que tu decisión fue acertadísima y sabia. Ahora pienso que, si mis aspiraciones hubieran alcanzado el objetivo, mi conciencia cargaría una cruz más grande de lo que es mi aliento, y creo que jamás me habría liberado de su aplastante peso. Gracias te doy por haber sido severa conmigo, echando en tierra mi vasta podredumbre que te conduciría a ser títere de mi perpetuo engaño.
He sido sincera contigo. Quien aun te ama con el corazón,



Ana P. G.

El Carao, Intipucá, febrero 03 de 2000