lunes, 31 de agosto de 2009

"H" y "h": Hospital y hélice

Rosas.
Fotografía: José Ruiz Quesada

Cierto es, que mi madre, cuando era chico, cayó en cama porque dos enfermedades tocaron a su puerta: el bocio y la anemia. Fue inquilina del Hospital Rosales por mucho tiempo y entre exámenes médicos y transfusiones sanguíneas un día, al fin, fue llevada al quirófano para extirparle la glándula tiroidea, que había crecido del tamaño de una pelota de tenis. Nosotros, mi hermano y yo, la visitábamos cada domingo, día de visita, y comprábamos unos helicópteros artesanales hechos de desperdicios de envases de sueros. Era todo una maravilla jugar con esos helicópteros, cuya hélice estaba conectada a un pedazo de cánamo y cuando lo jalábanos, era la magia de nuestros años que nos hacía asombrarnos del fácil mecanismo giratorio de la hélice.
Los años han pasado y ahora que lo recuerdo, fue un tiempo feliz, nunca triste, porque no dimensioné nunca qué era estar separado (aunque lo vivía en carne propia) de la madre ni sabía de las preocupaciones que aconjojan a los adultos. ¡Tiempos felices aquellos!

lunes, 24 de agosto de 2009

El pitero-tamborilero, don Santos Quevedo


Tamborilero
Fotografía: Juan Manuel Pérez


Don Santos Quevedo era bajito, calvo y tuerto. Que yo recuerde nunca usó zapatos, aunque su hijo Félix me afirma lo contrario.
"De San Pedro Perulapán se vinieron buscando mejores oportunidades de trabajo, "me responde Félix a la interrogante de cómo y porqué llegaron a Antiguo Cuzcatlán.
-- Según entiendo, Félix, aquí había empleo en las fincas todo el tiempo: abonar los plantíos de café, hoyar, sembrar, podar los árboles que dan sombra al cafeto, cortar café,...
-- Sí, año con año venían mi papá, mi mamá y Sixto, mi hermano mayor, y poco a poco el trabajo-necesidad, los obligó a quedarse.
Religiosamente, por las tardes, lo veía pasar frente a mi casa y de pronto, en la suya, se armaba todo un carnaval con el pito, el tambor y un montón de "viejos" enmascarados: allí había diablos, mujeres panzonas con caras de bruja y monstruos de dientes descomunales. Luego salía la recua de "viejos" hacia la alborada, acompañada del vecindario de cipotes y de don Santos Quevedo a la inversa del Flautista de Hamelin.
La primera alborada salía del Plan de La Laguna, de donde mi padrino Marco Tulio. Yo iba por la horchata, el marquesote y el pito de barro. Los "viejos" bailaban al son del pito y el tambor: asustaba a los niños que creen en todo lo que ven, a las mujeres desprevenidas que de todo se asustan; a mí, no eran ellos sino los petardos de vara ¡pom, pom! Las alboradas finalizaban en la víspera festiva de Los Santos Niños Inocentes.
Guardo en la memoria el momento en que don Santos Quevedo y su familia dejaron de ser mis vecinos, pero no supe qué derrotero tomaron.
Las alboradas siguieron año tras año, pero ya no con don Santos Quevedo que era un señor bajito, calvo y tuerto, sino con un hombre cuyo nombre y rostro no logro identificar en mis recuerdos. Muchos años después, Félix me comentó que don Santos había vendido sus instrumentos musicales y máscaras rituales a alguien que él tampoco recuerda.
(El pito y el tambor perdieron presencia en las alboradas. Ahora un carro sonoro con la grabación del Torito pinto las acompaña, y unos "viejos" que ya no asustan a los niños, porque no creen en todo lo que ven ni a las mujeres que de todo hacían un bien elaborado jaleo, y mucho menos a mí los petardos de vara ¡pom, pom!, pues con los años acumulados en mi espalda ya sumé valor contra el miedo.)
Pocos meses antes de la ofensiva "Hasta el tope" y después de ciento dos días de hospital, muere don Santos Quevedo y con él la cultura del pitero-tamborilero y de los "viejos" enmascarados. Murió don Santos, y la vida cultural en Antiguo Cuzcatlán feneció de golpe, sin mayores aspavientos que las voces amigas dictando a coro la sentencia del funeral.

viernes, 21 de agosto de 2009

La fonda de don Damián (y IV)

Los Reyes Magos en la fachada de La Sagrada Familia.
Fotografía: Juan Pablo Valenzuela
SEGUNDA ESCENA

Un pesebre habitado por animales fieles al hombre. Una luz brillante irradiadesde el centro: un Rey ha nacido. María y José lo contemplan. Los ángeles, uno en cada flanco. Se aparecen tres ilustres visitantes.
MELCHOR. Hemos visto el firmamento parpadear y todas las estrellas dormirse de sopetón, pero hubo una, la mayor, la más fulgurante que jamás lo hizo, y tras ella no hemos dejado dormir nuestro sueño: conocer al Rey.
GASPAR. El Rey que será el Señor de señores.
BALTASAR. Y un rey que será el mejor y mayor de todos los reyes del mundo.
MELCHOR. Un Rey con poderes sobrenaturales, que resucitará a los que no tengan vida.
GASPAR. Que restablecerá la salud del que no la tenga.
BALTASAR. A los cojos hará caminar.
MARÍA. Bienvenidos Reyes de Oriente.
JOSÉ. ¡Qué la paz sea con ustedes!
Melchor se arrodilla.
MELCHOR. Te ofrezco Niño-Dios, este cofrecito de mirra, para que tus penas y tristezas sean bendecidas por Nuestro Padre Eterno.
Lo coloca a la derecha del Niño-Dios y se levanta: Llega el turno de Gaspar para arrodillarse.
GASPAR. Te entrego Rey de reyes, este cofrecito de incienso, para que en tu hogar siempre bendito, nunca desfallezca la fe.
Coloca el cofrecito al lado izquierdo del pesebre y se levanta. Se arrodilla Baltasar.
BALTASAR. Este cofrecito deoro telo entrego con la convicción de que el pan nunca faltará en tu mesa. Benditos tu padre y tu madre, que han ofrecido con tu nacimiento la salvación de la Humanidad entera. Bendito tú, que has nacido en la pobreza, para enseñarnos que la verdadera riqueza habita en el corazón del hombre.
Se levanta. Aparece un coro de ángeles e interpreta un villancico. Luego los angelitos de Dios se reúnen en círculo y uno deellos propone jugar a las bombas y a las adivinanzas.
ÁNGEL TOMÁS. Juguemos a las bombas y a las adivinanzas.
ÁNGEL CARMENCITA. Sí, sí, juguemos a las bombas y a las adivinanzas.
ÁNGEL DOMINGO. Sí, sí, juguemos.
ÁNGEL ÁMILI. Comienzo yo:
¿Quién es, quién es, no sé,
el niño que nació en Belén,
cuyos padres, María y José,
para llegar a su destino,
no abordaron ni siquiera un tren?
ÁNGEL MARCO ALFREDO. Juan sin Miedo.
ÁNGEL MARÍA. ¡Uuuuy! ¿Y ése quién es?
ÁNGEL MARCO ALFREDO. Es un vaquero de paquín, que lee mi padre; muy valiente, por cierto.
ÁNGEL ÁMILI. ¡No!
ÁNGEL SANTIAGO. El Jorobado de Nuestra Señora de París.
ÁNGEL ÁMILI. ¡No! Deduzco que no han leído el Nuevo testamento.
ÁNGEL JUAN. Si no son ellos, entonces es el niño expósito que encontró en el establo de don Jorge la niña Chole.
ÁNGEL JUDAS. Yo no soy, no molestés ángel Juan.
ÁNGEL JUANITA. ¿Y entonces quién?
ÁNGEL ÁMILI. ¿Se dan por vencido?
Todos en coro responden que sí.
ÁNGEL ÁMILI. El Niño Jesús, más conocido como Niño-Dios.
ÁNGEL JUANITA. ¡Ah, si estaba bien fácil! Ahora les digo una yo:
¿Quién es, quién es,
el rey Herodes que ordenó
la matanza de los Inocentes?
ÁNGEL ESPERANZA. El rey Herodes, obvio.
ÁNGEL ADONAI. ¿Y quién fue el que me dijo que: "Protege a los buenos, castiga a los malos?" (Camina muy rígido y con ambas manos en posición de las agujas del reloj, indicando las tres de la tarde.) ¿Quién fue, quién fue? Y los Inocentes, ¿acaso no eran malos?
ÁNGEL GABRIELA. Esa es "La Momia Blanca", de Titanes en el Ring.
ÁNGEL ADONAI. ¡Ah, bueno, entonces es mala información la que me dieron!
ÁNGEL ANDREA. ¿Quiénes fueron los Reyes que del Oriente vinieron y de un solo ofrecieron sus tesoros al Rey de Reyes?
ÁNGEL ADONAI. Ali Babá y los cuarenta ladrones.
ÁNGEL ANDREA. ¿Cómo se te ocurre ángel Adonai, decir semenjante bobería?
ÁNGEL ADONAI. ¿Y qué no traían tesoros y muchísimo dinero, pues?
ÁNGEL ANDREA. Sí, pero no son ellos.
ÁNGEL JUDAS. Si no eran ellos, entonces uno quizá era Donald Trump.
ÁNGEL ANDREA. ¡Tampoco!
ÁNGEL JUDAS. Entonces, ¿quiénes son?
ÁNGEL ANDREA. Los Reyes Magos: Melchor, Gaspar y Baltasar.
ÁNGEL JUANITA. ¡Qué fácil estaba!
Ha terminado el juego delas adivinanzas. Se escucha un villancico. José saca del pesebre al Niño-Dios y lo alza con ambas manos, como ofreciendola sangre deJesús a la Humanidad. Todos caminan hacia el frente acompañando a la Víctima Pascual.


jueves, 13 de agosto de 2009

Venancio y su gracia

Pájaro carpintero - Menalerpes Striatus.
Fotografía: José M. Pantaleón I.


El copetón es el mismo cheje o pájaro carpintero. Venancio Rodríguez, en cierta ocasión, que de una bomba llevamos cantaradas de agua para la construcción del puente "Caricias," les dijo a mis compañeros que yo era un "Copetón." Y pocos compañeros le siguieron la guasa. Algunos, creo, me defendieron de tan insidiosas palabras, porque era nuevo en la escuela y mi persona no supuraba (ni supura) mala leche. Entre ellos, sin mal no recuerdo, estaban Abrahám y Lichi, hermanos que no se parecían en nada en su actitud: mientras que el primero era callado y un poco tímido, el segundo hablaba hasta por los codos y molestaba más que tres personas juntas.
El pobre Venancio, como tenía muy mala dentadura, le apostó a ahorrar una buena suma de colones para ponerse un puente, y fue tan mal trabajo que, cuando sus dientes pretendían arrancar un pedazo de caña, éstos quedaban asidos a la rolliza vara; así que mejor ni comerla. Quedan muchos recuerdos en el tintero; otro día, en la medida que la meroria me los dicte, los iré escribiendo.

"Pájaro Loco"

Fotografía: Bernardo Mora Cadavid

Del quinto al noveno grados, hubo otro compañero que llevó con suma paciencia y buen gusto en su espalda, el alias de "Pájaro Loco"* (Woody Woodpecker). A él sí, creo adivinarle el por qué se ganó el sobrenombre del dibujo animado que creó Walter Lantz. A fuerza de ser sincero, si la infiel memoria no me falla, era bastante alocado, casi llegando a comediante. Esto otro, la memoria lo cree recodar, pero que está muy a tono con el personaje. Al parecer tenía una manera muy singular para hablar: era un poco tartajo y hablaba muy rápido. Creo que por eso, con propiedad, se ganó alias de "Pájaro Loco."
* En este momento no recuerdo (tampoco parece a pie juntilla, que lo recordaré) ni cómo se llamaba el susodicho compañero .

Manuel (II)

Casco y collera de lobo tlingit
(Museo de América)
Fotografía: Luis García

Aún ignoro el por qué a Manuel, algunas veces le llamaban "Casco". Ahora que lo pienso, Manuel, ni siquiera tenía (ni tiene) la cabeza parecida a un casco, para que algún "chistoso" le haya nombrado por tan ofensivo y semejante remoquete. Los alias, en la adolescencia, son pletóricos, gracejos e imaginativos; otros, por el contrario, son acres que lastiman la autoestima de quien lo lleva a cuestas.
Ahora que lo pienso, Manuel, ¿por qué te decían así? Queda pendiente aún, preguntárselo en vivo, en directo y en persona.

miércoles, 12 de agosto de 2009

El teatro estaba en sus venas

Maternidad.
Fotografía: Pablo Blanco


Veintiséis de noviembre de mil novecientos noventa y siete. La serpiente de asfalto, levemente húmeda por la escasa tormenta del invierno ido se sacudía la piel con el rodar de las llantas.
Caminaba frente a la “Torre Roble”, en Metrocentro. Mi destino era el Hospital Materno Infantil Primero de Mayo, y como tenía tiempo de sobra, no me caía mal un ligero estiro de piernas hasta el nosocomio.
Ese día marqué con insistencia el 271-1166. Una voz al otro extremo me respondía: Se encuentra en sala de partos. Algunas veces la informante era más histriónica: Está en sala de partos; no lo puede tener la pobre. Casi al final de la tarde me convencí de que la empleada no necesitaba estudiar teatro, porque ya lo traía en la sangre: No lo puede tener: cesárea le van a practicar, ¡pobrecita!
Como a eso de las seis de la tarde llegué a Información y pregunté por quién tenía que preguntar. Mi interlocutora (con señales evidentes de juventud jubilada) haciendo suya mi angustia – aunque mi preocupación andaba de vacaciones: ¡eh, ahí, la gran farsa de la persona que tenía frente a mis ojos --, abrazó en su hipócrita corazón la pena que no sentía, exclamando con voz quejumbrosa: ¡No lo pudo tener, cesárea le hicieron a la pobrecita!
Más tarde pude observar que el teatro no era gratuito. Gente con ingenua bondad cayó en la trampa, dándole algún obsequio como gesto de agradecimiento por haber hecho suyo un dolor ajeno.
Luego vino la confusión mental, cuando una enfermera entró a sala de partos gritando el nombre dado por nosotros y nadie había respondido al de María Teresa. Sólo entonces me llegó la preocupación, acompañada de un racimo de interrogantes: ¿Cómo es posible que no tengan control de las pacientes que ingresan a sala de partos? Aunque no quería pensar en la fatalidad, el cerebro me ordenó: ¿Habrá fallecido, y los médicos no se enteraban o estará el forense ejecutando su rutina diaria ahora que la tarde lanzaba su último aliento? ¡No puede ser!, me decía a mí mismo para inyectarme ánimos.
Ante la insistencia de querer ingresar al Hospital, uno de los porteros llamó telefónicamente a la encargada de turno, para decirle que tal persona no se encontraba y que todo el día había permanecido en sala de partos.
Con nombre en mano, se ordenó a varias enfermeras la búsqueda de mi consorte. Una de ellas, al fin, regresó con la noticia: Está en sala de recuperación, por la anestesia, porque le practicaron cesárea. Dentro de pocos minutos la van a sacar.
El corazón volvió a su lugar y sólo entonces, la inquietud se marchó quién sabe adónde.
La espera terminó como a eso de las diez de la noche, cuando la traían del fondo de la sala. Antes de entrar al ascensor tuve la oportunidad de acariciarle la frente y apretarle suavemente la mano.
- ¿Qué tuvo Tete? – le preguntó Jaime, esposo de Jeannette, que ahí estaba también.
Como si el aire se le fuera a escapar por un momento, haciendo supremos esfuerzos lo retuvo y pronunció suavemente: Niña.
Cumplido el deseo de mi esposa, ambos por primera vez, nos estrenábamos en ser madre y padre y con una oración agradecí a Dios por la oportunidad que nos dio de firmar con nuestra sangre la vida de  Andrea María.