En juveniles días a la mañana sentía regocijo,
por la tarde lloraba, y ahora, cuando más viejo soy,
dudando empiezo el día, aunque no obstante,
apacible y sagrado es para mí su fin.
F. Holderlin, Poemas, Colección Visor de Poesía, p. 27, quinta edición 2005, España
Que alce la mano aquél que nunca ha dudado. Si hasta el mismo Jesucristo en el momento supremo de su propia agonía lo hizo. A mí las dudas me sirven para reflexionar y encontrar alguna posible verdad. En más de alguna vez (creo) logro acertar.
lunes, 7 de marzo de 2016
miércoles, 16 de septiembre de 2015
Amor en tres actos
I
Los novios
Cupido omnipresente
donde quieras estás.
En mar, tierra y aire
te cuelas sin que te llamen;
acudes a las citas como bragas
y te metes en la conversación.
Una mirada aquí,
una mirada allá;
un flechazo aquí,
un flechazo allá
y el amor busca estación
dónde quedarse.
Así pasó contigo.
Sin que te dieras cuenta,
dijiste: “Sí”.
…Y tu corazón se inflamó de amor,
de alborozo, de cánticos sagrados
en tus caracoles auditivos.
Sentiste tus pies caminar en el
aire
cuando el primer beso tocó tus
labios.
Un sofoco en el pecho:
te quedabas sin aire,
pero con el próximo beso
volviste a la vida.
Era como un sueño
del cual no querías despertar;
mas regresaste a la realidad
al escuchar la pregunta:
“¿Quieres casarte conmigo?”
Eso fue el acabose,
porque no esperabas
una pregunta-propuesta así.
Y eso fue para ti como decir:
“Te pasaste, José María, te
pasaste”.
Claro que no ibas a decir que no.
Era, como siempre,
tu cuento de hadas y princesas
que se haría realidad.
En una esquina de la avenida,
frente al parque,
el niño en porretas,
desde un árbol,
había descendido al andén
y sonreía malvadamente
y reía como en una película de
cine mudo
(porque nadie lo oía)
y de soslayo, miraba a la pareja
que con sus flechas
atravesó los corazones:
Hecha su fechoría, terminaba su
misión.
II
La espera
Triste soledad la del mar.
No sobrevolaban aves marinas
ni una embarcación a la vista.
Estaba el mar como anclado a
algo;
o peor aún, a la deriva,
ahogándose
en su propia agua salada.
Si la melancolía no cabía
en gigantesca soledad,
juro que no sabría decírtelo.
(¿Te Imaginas a un mar
que se ahoga en su mar?
Tu presencia era lo único que
importaba.
La playa era un desconcierto de
voces inaudito,
pero tú estabas con tus ansias,
sola.
El mar, en lontananza,
brillaba como un espejo de joven
que espera, desesperada, a su
amado.
Visera era tu mano,
queriendo divisar el buque
que traería a tu prometido.
Viste ondear bandera australiana,
pero la espera fue en vano
(el ruido ensordecedor
de un avión que navegó el mar sideral
enmudeció a los congregados):
el novio venía por los aires
cual jinete montado en Pegaso
III
Los
esponsales
Hay una fiesta en tus ojos:
grande,
de la estatura de tu amor.
Ese amor ya no cabe en tu pecho
y lo repartes
y compartes con todo el mundo,
no importando si es sobrino,
tío, hermano o amigo.
La felicidad te abraza.
El Sol te abrasa.
El amor te envuelve.
Cupido te flechó
y de pronto,
tu cuerpo se volvió un
mariposario.
El amor te tiene loca, loquita,
que vagas entre nubes
desgarradas por el viento.
Eres feliz.
¿Quién lo puede negar?
Sólo un ciego de entendimiento
opinaría lo contrario.
¿Cómo puede haber gente
tan ciega que no ve
el milagro del amor?
Por amor, Lazarus,
abandonó el sepulcro
y los vendajes.
Traspasó el umbral
y un violento rayo de sol
hirió sus pupilas:
el Maestro lo miraba fijamente
y el Sol, para Lazarus,
fue sumamente mayor
del que había visto antes.
Lazarus
ya no fue el mismo.
Tú, después de la boda,
ya no eres la misma.
El matrimonio
llenó de pajaritos tu corazón.
Sientes una alegría inexplicable,
explicable sólo para Dios.
…Y a ti te basta
la felicidad que palpita en tu
ser.
El amor ha colmado sus mieles.
El vino ha escanciado sus copas.
El trigo ha madurado sus espigas.
Recoge sus mieles,
la sangre de los viñedos,
el trigo maduro
y guárdalos
para cuando el fruto vista de
oro.
Para Maribel Angélica Soto Gálvez
Domingo 02/08/2015, 8: 50 p. m.
Julio César Orellana Rivera
jueves, 10 de septiembre de 2015
La salud de los muertos
La salud de los
muertos
cada vez está peor.
Se sientan en la plaza,
fuman un cigarrillo,
hablan de sus dolencias.
Se quejan de reumatís
y de dolor de muelas.
El cáncer de próstata
me afecta todavía,
y a mis años no sé
si aguantaré el calvario
por más tiempo. Son ciento
treinta y cinco años ya
de soportar mi dolor.
El tiempo es implacable
y no perdona sea
quién sea. La religión
que profese no importa
ni su raza tampoco.
En la cabeza siento
un punzón que me mata
y el analgésico
ya no domina el dolor,
pero a veces me olvido
de él no recordándolo.
Mira: La gente pasa
y no nos ve ni siente
nada por estos fieles
difuntos, que su vida
dieron muriéndose.
Sí. ¿Será que nos vamos?
La noche se avecina.
Un resfriado podemos
pescar. Luego, recuerda,
que ni las medicinas
se encuentran pagando
en la red del gobierno.
Tienes razón. Vámonos.
Maravilloso hubiera
sido que así de golpe
crearan la pastilla
contra la imbécil Muerte.
¡Cierto! Pero vámonos
a dormir, que la fosa
añora nuestros cuerpos.
Por el sendero
de polvo, dos fantasmas
invisibles al ojo
humano, como cada
noche, van camino
al destino que a todos,
sin prisa, nos espera.
cada vez está peor.
Se sientan en la plaza,
fuman un cigarrillo,
hablan de sus dolencias.
Se quejan de reumatís
y de dolor de muelas.
El cáncer de próstata
me afecta todavía,
y a mis años no sé
si aguantaré el calvario
por más tiempo. Son ciento
treinta y cinco años ya
de soportar mi dolor.
El tiempo es implacable
y no perdona sea
quién sea. La religión
que profese no importa
ni su raza tampoco.
En la cabeza siento
un punzón que me mata
y el analgésico
ya no domina el dolor,
pero a veces me olvido
de él no recordándolo.
Mira: La gente pasa
y no nos ve ni siente
nada por estos fieles
difuntos, que su vida
dieron muriéndose.
Sí. ¿Será que nos vamos?
La noche se avecina.
Un resfriado podemos
pescar. Luego, recuerda,
que ni las medicinas
se encuentran pagando
en la red del gobierno.
Tienes razón. Vámonos.
Maravilloso hubiera
sido que así de golpe
crearan la pastilla
contra la imbécil Muerte.
¡Cierto! Pero vámonos
a dormir, que la fosa
añora nuestros cuerpos.
Por el sendero
de polvo, dos fantasmas
invisibles al ojo
humano, como cada
noche, van camino
al destino que a todos,
sin prisa, nos espera.
03/04/2015, 12: 05
a. m.
(Viernes Santo)
martes, 8 de septiembre de 2015
Un poema
Me estalla el verso en la
sangre.
No
sé de dónde vino,
porque
la senda
fue
cubierta de pobreza,
maleza,
incuria y olvido.
No
hubo sepia
ni
blanco y negro,
que
evidenciaria mi linaje.
No
sé de dónde vino
ni
quien me la heredó.
El
verso me estalla en la sangre.
Sábado 15/08/2015, 9: 14 p. m.
martes, 17 de marzo de 2015
Jueves 13 de marzo
Hoy mi día comenzó mal. Como monje de convento, a las cuatro y cuarenta y cinco de la mañana la sala se vuelve un lugar sagrado. Estaba entre Laudes y la hora Prima, leyendo El evangelio según Jesucristo, de José Saramago. Un día antes una infante había hecho de las suyas manchando con plumón los sofás, moviendo todo en un lugar distinto de dónde estaban. A la Virgen de Fátima en su cesto la dejó inclinada semejante a la Torre de Pisa,... El día había sido para ella una ocasión para trastocar el orden de las cosas.
Bueno, resulta que en mi lectura levanté un poco la vista a través del cristal de los anteojos y percibí la mirada de la Virgen caía en mis ojos. Misteriosamente vi cómo la Virgen movía su rígido cuerpo hacia atrás, yendo y colándose por un hueco entre la esquinera y las paredes que trazaban un ángulo de noventa grados. Cayó al piso, rompiéndose en mil pedazos. Yo siempre (bueno no siempre, aclaro) he tenido esa valentía de querer enfrentar a un fantasma y quedarme para ver qué pasa. Así fue, me quedé sentado en el sofá esperando a que algo pasara, no sin antes sentir que mis brazos se enfundaban en la piel de una gallina; pero me quedé esperando, y nada. Me fui para la cocina, y la luz del foco comenzó, literalmente, a pestañear como cuando uno tiene sueño y se le va la luz de los ojos.
Bueno, me dije: "He amanecido con el diablo adentro".
Para mí el jueves fue trece (voy adelantado en el calendario) y no el viernes trece de marzo, como era en verdad.
(...Así entre nos, ya tengo material para un cuento)
jueves, 21 de agosto de 2014
El grito (histérico)
El día (o el mundo) parece estacionado en un
grito histérico, mientras los coches se deslizan en la serpiente de asfalto y en
el colectivo viajan los “turistas” del
malvivir, que nadie queda indemne de sus desmanes. El
infierno estaría bien para ellos. No me corresponde a mí ser su juez, para CONDENARLOS O ABSOLVERLOS; pero si en
mis manos estuviera, yo condenaría a
estos “turistas” a pasar unas vacaciones de mil años en el Averno; luego, al
cumplir su condena, les aplicaría otro milenio convertidos en piedra, y los
próximos mil años siguientes, que nacieran en el reino vegetal.
* * *
Apenas ayer por la mañana, mientras
esperábamos el microbús que lleva a Andrea María al colegio, intercambiamos
saludos con la niña Angelita. Siempre pasaba puntual, a las cinco horas con
cuarenta y cinco minutos de la mañana, con su pulcro uniforme de trabajo y un
suéter color ocre anudado al cuello y la parte delantera del mismo cayéndole
sobre el brazo izquierdo. No pensé que ese fuera su último saludo con nosotros…
Y la noticia llegó de sopetón, después de la salida del trabajo, con sus
variopintas versiones: Que le habían dado
un puyón; que vio un herido y le dio
miedo la sangre; que estaba en la siguiente parada de buses después del incidente
en el colectivo anterior, cuando le falló el corazón; que alguien vio al
autobús doblar a la izquierda y conducirse al hospital San Rafael, porque era
urgente la intervención de un galeno; que la habían balaceado;…
La niña Ángela era servicial, amable
y respetuosa con sus semejantes. Y no lo
digo porque ya no está con nosotros o por puro decir, sino porque se le sentía
esa aura de servicio hacia los demás. Se dirá que estas palabras se le
hubiesen dicho en vida y que los elogios póstumos siempre abundan cuando la
ausencia física de esta persona es evidente y ya no puede escucharnos; pero es
que a veces somos tan insensibles, orgullosos y egoístas que se nos olvida
sentir.
La endiablada rutina diaria nos
absorbe el alma y hasta el seso, que olvidamos
vivir y recordar el mandato del Hombre que en la cruz dejó su vida y fue ésta motivo de su
Resurrección: Ama a tu prójimo como a ti
mismo.
Tal o cual persona era así o era asá
dirán muchos cuando alguien ya no existe. Dirán cosas bonitas sólo por
congraciarse con alguien que la apreciaba y no dar una imagen de persona
chocante ante los demás; pero muy, muy en el fondo son almas exánimes que nada sienten
y toman como norma de conducta lo superficial, la vida light.
* * *
El bus va atestado de personas que se comen el pan con el
sudor de su frente y de quimeras malvivientes que ralean al que se les pone
enfrente. Son seres execrables que no perdonan, y su único código es el de
despojar de los pocos bienes a los que nada tienen. Son unos malvados, gandules,
mangantes,… Pero es que se colma el vaso y dan ganas de robarles el aliento.
Ora pro nobis,
Angelita, mientras aún nos hospedamos en este hotel cinco estrellas y el coyote
asecha. Ya llegará nuestro turno y nos
darán visa con carta de ciudadanía de un Reino
que no es de este mundo (entiéndase como el lugar que ocuparemos en el otro
orbe, luego de que el Juez nos haya sacado
tarjeta roja y nos convoque a la selección de los calvos). Pero mientras tanto:
Requiescat in pace, doña Ángela.
(Antiguo Cuzcatlán, entre el
27/08 y el 24/09,
ambas fechas de 2012)
viernes, 1 de agosto de 2014
Citando a Gabriel Miró
Quiso el Señor que fuesen las criaturas a su imagen y semejanza, y no fueron. El Señor lo consintió; y las criaturas se revuelven porque el Señor no es su semejante, no imaginándolo siquiera con la humánica exaltación y belleza que imprimían los pueblos antiguos en sus divinidades. Se quiere al Señor semejante y a los hombres también; una semejanza sumisa, hospitalaria, una semejanza hembra para la ensambladura de nuestra voluntad.
Gabriel Miró, p. 65, El humo dormido, Ediciones Cátedra, sexta edición, 1987, Madrid, España
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