miércoles, 10 de diciembre de 2008

La magia creció, yo también

El mismo amor, la misma lluvia. Fotografía: Marcos Duarte


Desde chico la magia creció conmigo: fui yo quien la abandonó en una barranca o en el primer amor que me hizo sentir mariposas en el abdomen.

El hambre... la ignorancia

La fatiga de la ignorancia. Carlos Cubeiro


Peor que el hambre es la ignorancia. Sólo basta escuchar el discurso de los políticos y sabremos cómo estos carecen de fundamento, de lo más esencial: sentido común.


En su intento la Muerte pierde

El tango de la Muerte. Fotografía: Charles Féval

Ahora que la Muerte ha decidido (¡uf, por fin!) darme muerte, yo le pido que no lo haga; pero ella me dice que mi día y hora ya están señaladas y que nada puede hacer. Le suplico, me arrodillo y le hago el bendito (así entre nos, lo mío es toda una farsa) pidiéndole que no lo haga.

-- Lo siento -- me dice --. Son órdenes que vienen de arriba.

Cuando con su índice me señala el techo, le pregunto:

-- ¿Del techo?

-- No, del Jefe.

-- ¿Cuál Jefe?

-- Dios -- me responde.

-- Pero...

Me quedo con la oración en suspenso, porque me interrumpe.

-- No hay peros que valgan. Híncate y reza tus oraciones -- me ordena.

Me hinco y agacho la cabeza. Antes de doblar la testuz, echo una mirada a la Muerte y veo que corre hacia atrás su guadaña. Tengo muy cerca la vieja banqueta que me dejó mi abuelo; la tomo y en un santiamén, cuando la hoja viene hacia adelante se la estrello contra toda su huesuda cara. Cayó (o paró las patas) y jamás volvió a levantarse.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Eliminemos la violencia...

Eliminemos la violencia: los niños queremos paz, es el título de la obra pictórica que Andrea María presentó al certamen convocado por la Corte Suprema de Justicia y Concultura. Cuando fui a dejar esta obra a la Corte el treinta de septiembre, estaba cayendo una de las últimas torrenciales lluvias de invierno. Invertí bastante tiempo en andar buscando la bendita oficina y mientras mi cuerpo se bañaba con agua del cielo (como si no bastase el baño diario de la mañana), yo andaba bien protegida en una bolsa plástica la obra de Andrea.
Dividido en dos partes (por esa línea negra que atraviesa más de la mitad de la pintura), como un cómic.
La técnica fue mixta: acrílico, yeso pastel seco y algodón.
Sobre la obra. Son unos niños, creo que discutiendo por algo, pero al final se reconcilian y convergen en que hay que eliminar la violencia.

El procaz don Francisco

El pícaro. Fotografía: Emilio A. Pacios


A don Francisco, al igual que a don Élmer lo conocí en una empresa, cuyos accionistas eran los Henríquez. Para llegar a la segunda planta donde se hacinaban varias sociedades de los mismos dueños, primero, había que traspasar una puerta de vidrio, subir unas gradas que se quebraban en "C" y al final de la escalinata se encontraba don Francisco. Luego se empujaba otra puerta de vidrio y ahí se hallaba una oficina oblonga con tres cubículos en el flanco izquierdo y el resto de la infraestructura para los encorbatados, que se ubicaban en sus escritorios, sin simetría y sin orden, como una oficina gubernamental.
Francisco Farré, auxiliar de créditos y cobros, al final; Jorge Orantes, auxilar contable, un poquito más allá de cintura de la oficina y yo, casi en la mitad de la misma.
Pero de quien quiero hablar es del personaje que dejé detrás de la segunda puerta que abrí, don Francisco. Bien, era un personaje quizá con unos ochenta años en su espalda, cabello nevado, alto y una picardía propia del que, desde infante aprendió de alguien que fue más pícaro que él.
Contaba que fue expulsado de la escuela, porque le zampó una pedrada a su profesor de segundo grado. Pero lo contaba con una frialdad en la que el acto no resultaba ser grave ni que tal hecho le ameritara la expulsión del recinto escolar. En otras ocasiones era demasiado procaz, y al ver pasar a alguna dama o señora, compañera de oficina, decía:
-- Fíjese que la Fulanita ha comprado un pedacito de la grande para hacerse rico, rico.
Lo decía tan natural que cualquier oyente no podría pensar en el doble sentido que él mismo aplicaba a sus palabras.
Ignoro si don Francisco ya habrá entregado su alma a Dios o al Demonio... digo, por las diabluras que cometió.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Don Élmer y su sabio trabalengua

Viaje a la Luna. Fotografía: Fernando Martínez


Don Élmer era un señor muy jovial. Digo era, porque ya hace varios años entregó su alma al Creador. Tenía sus dichos y trabalenguas llenos de sabiduría; de entre ellos sólo recuerdo uno, el cual me escribió para que yo lo aprendiera, y decía así:

Es que hay unos,

ya porque uno,

piensan que uno

y no sólo uno,

también uno.

Siempre existen personas que se ufanan por saberlo y hacerlo todo y creen que sólo a ellos les es dable tal o cual capacidad o destreza para hacer cualquier cosa; se pavonean por doquier sintiéndose los reyes del mundo. Son los únicos que pueden realizar proezas inconceblibles e inimaginables. Ahí entra la sabiduría popular de don Élmer: tambien uno (o nosostros) puede (o podemos) hacer magnas hazañas, no sólo los vanidosos.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Bestialismo

Cariño, quiero ese cuadro. Fotografía: Guillermo Oyágüez


-- ¡Papá! -- gritó muy alterado, Jonás.

-- ¿Qué pasa hijo? ¿Por qué tanto escándalo?

-- Desplumé a la gallina.

-- Hubieras dejado que tu madre lo hiciera. Además, eso no es motivo para armar semejante jaleo.

El padre continuó leyendo el periódico del día jueves cuatro de noviembre. Jonás sentía una gran culpa por su acción y siguió con su perorata.

-- Te estoy diciendo que la follé.

Don Santiago frunce el ceño entre estupefacto y ridículo. Se apea los gruesos aros del tabique nasal, y suelta palabras compasión hacia su hijo.

-- Pero eso no es gran pecado, hijo, serénate. Pero en todo caso sí estoy muy molesto contigo. Yo te habría hechado la mano en tan delicada tarea y no me avisaste. Vamos, continuemos con la obra, hijo mío.

-- Ya no podemos papá. Cuando saqué el miembro, la gallina quedó como un saco al revés.