Desde el final de la calle Quetzalcoatl salió el Vía Crucis Viviente. Ya son tres años que dan fe de este ejercicio espiritual. El primer año fue Mario Cardoza quien interpretara el papel de Jesús; el segundo, Ivo Fernández y el tercero, César Cuéllar.
Mario parecía un liliputiense frente a Guliver, si lo comparáramos con la estatura de Jesús, que medía más de uno ochenta metros y su actuación, rayó con el melodrama. En Ivo, por ejemplo, hubo una semejanza con el personaje bíblico en lo que a estatura se refiere, pero en esencia, como histrión amateur, no superó a su antecesor. César ha sido (hasta ahora) el más convincente, pero exagerado en caídas (al igual que Mario e Ivo) que no debieron ser más de tres.
El Vía Crucis Viviente da inicio con la condena de Jesús, donde Lucio Poncio Pilato mantiene casi una conversación consigo mismo, sino fuera porque el Maestro, lo único que termina por musitar ante el cruel interrogatorio, es: Mi Reino no es de este mundo.
El parlamento entre Poncio Pilato y Jesús y los gritos de la plebe son tan cortos que deberían memorizarse y cantarse a viva voz y no pregrabarse. Esto, con la intención de que no sea el audio el que se adelante a la voz humana o viceversa.
Los gritos de la chusma no deben ser las expresiones ¡Clávalo!, ¡clávalo!, ¡clávalo!, porque aunque ya se sepa el contexto en el que se está manifestando y viviendo, descontextualiza la representación teatral. Deben usarse palabras universalmente conocidas: ¡Crucifícale!, ¡crucifícale!, ¡crucifícale!
Explico. Al mencionar la palabra ¡clávalo!, que quizás ni siquiera en la Biblia se encuentra, yo me imagino tomar un pedazo de madera para introducirlo (a fuerza de martillo) en cualquier superficie que se me antoje. Pero si en cambio, se emplea la palabra universalmente conocida por toda la gente, sabemos que es la carne de un Hombre (en este caso la de Jesús) la que va a ser crucificada.
Por el camino del Calvario, también deben ir los dos malhechores que acompañaron a Jesús en la crucifixión y a los cuales debe cargarse con sendos travesaños, para que, asimismo, la procesión se vea enriquecida de personajes malvados que rodearon las últimas horas de Jesús.
Simón, de Cirene, no debe ir entre la chusma, porque él no iba entre ellos. Venía de sus labores: él pasando iba y lo agarraron por sorpresa, sin que él ofreciera su hombro caritativo. Pero, al Simón que salió de entre la multitud, lo vi más bien gustoso a cargar el santo madero. A este Simón, cuando el soldado lo llama, debe oponer resistencia y a regañadientes, con palabras duras, cargar la cruz. El soldado, por consiguiente, debe ser enérgico cuando ordena venir a este de Cirene. Y este de Cirene no debe ir con el pueblo, por lo de que él pasando iba; mas bien irá con los civiles (para decirlo de algún modo) que acompañamos a la procesión.
A María, la madre de Jesús, no la vi con el dolor a flor de piel por la muerte de su Hijo. A quien sí vi sufriente fue a María Magdalena, como si una espada atravesara su corazón: tal parecía que su llanto iba a inundar el escenario junto con nosotros.
¡Cuidado con los detalles! Una cajita de ungüento Vick, graciosamente se deslizó por entre las vestiduras de una de las mujeres de Jerusalén (VIII Estación).
Es de mencionar y de aplaudir que, en esta representación, la chusma no se arrodilló en cada Estación de Vía Crucis, como lo hiciera en años anteriores. El vestuario estuvo a la altura de la situación; el armamento bélico, como los escudos, fue una excelente manera de cómo mostrar a los asistentes, el poderío del imperio romano. Lo que nadie vio fue a los soldados portando lanzas, que son un complemento de todo equipo de guerra. ¡Qué bien, verdad! Me mandan a la guerra descalzo y sin uñas, sólo con los dientes: me dan equipo de defensa, pero ¿con qué voy a atacar?
Habrá que esperar el año que viene, para saber si por lo menos algunas observaciones fueron tomadas (aunque no es obligación) en cuenta y por lo tanto, luego, me sentiré honrado.
Mario parecía un liliputiense frente a Guliver, si lo comparáramos con la estatura de Jesús, que medía más de uno ochenta metros y su actuación, rayó con el melodrama. En Ivo, por ejemplo, hubo una semejanza con el personaje bíblico en lo que a estatura se refiere, pero en esencia, como histrión amateur, no superó a su antecesor. César ha sido (hasta ahora) el más convincente, pero exagerado en caídas (al igual que Mario e Ivo) que no debieron ser más de tres.
El Vía Crucis Viviente da inicio con la condena de Jesús, donde Lucio Poncio Pilato mantiene casi una conversación consigo mismo, sino fuera porque el Maestro, lo único que termina por musitar ante el cruel interrogatorio, es: Mi Reino no es de este mundo.
El parlamento entre Poncio Pilato y Jesús y los gritos de la plebe son tan cortos que deberían memorizarse y cantarse a viva voz y no pregrabarse. Esto, con la intención de que no sea el audio el que se adelante a la voz humana o viceversa.
Los gritos de la chusma no deben ser las expresiones ¡Clávalo!, ¡clávalo!, ¡clávalo!, porque aunque ya se sepa el contexto en el que se está manifestando y viviendo, descontextualiza la representación teatral. Deben usarse palabras universalmente conocidas: ¡Crucifícale!, ¡crucifícale!, ¡crucifícale!
Explico. Al mencionar la palabra ¡clávalo!, que quizás ni siquiera en la Biblia se encuentra, yo me imagino tomar un pedazo de madera para introducirlo (a fuerza de martillo) en cualquier superficie que se me antoje. Pero si en cambio, se emplea la palabra universalmente conocida por toda la gente, sabemos que es la carne de un Hombre (en este caso la de Jesús) la que va a ser crucificada.
Por el camino del Calvario, también deben ir los dos malhechores que acompañaron a Jesús en la crucifixión y a los cuales debe cargarse con sendos travesaños, para que, asimismo, la procesión se vea enriquecida de personajes malvados que rodearon las últimas horas de Jesús.
Simón, de Cirene, no debe ir entre la chusma, porque él no iba entre ellos. Venía de sus labores: él pasando iba y lo agarraron por sorpresa, sin que él ofreciera su hombro caritativo. Pero, al Simón que salió de entre la multitud, lo vi más bien gustoso a cargar el santo madero. A este Simón, cuando el soldado lo llama, debe oponer resistencia y a regañadientes, con palabras duras, cargar la cruz. El soldado, por consiguiente, debe ser enérgico cuando ordena venir a este de Cirene. Y este de Cirene no debe ir con el pueblo, por lo de que él pasando iba; mas bien irá con los civiles (para decirlo de algún modo) que acompañamos a la procesión.
A María, la madre de Jesús, no la vi con el dolor a flor de piel por la muerte de su Hijo. A quien sí vi sufriente fue a María Magdalena, como si una espada atravesara su corazón: tal parecía que su llanto iba a inundar el escenario junto con nosotros.
¡Cuidado con los detalles! Una cajita de ungüento Vick, graciosamente se deslizó por entre las vestiduras de una de las mujeres de Jerusalén (VIII Estación).
Es de mencionar y de aplaudir que, en esta representación, la chusma no se arrodilló en cada Estación de Vía Crucis, como lo hiciera en años anteriores. El vestuario estuvo a la altura de la situación; el armamento bélico, como los escudos, fue una excelente manera de cómo mostrar a los asistentes, el poderío del imperio romano. Lo que nadie vio fue a los soldados portando lanzas, que son un complemento de todo equipo de guerra. ¡Qué bien, verdad! Me mandan a la guerra descalzo y sin uñas, sólo con los dientes: me dan equipo de defensa, pero ¿con qué voy a atacar?
Habrá que esperar el año que viene, para saber si por lo menos algunas observaciones fueron tomadas (aunque no es obligación) en cuenta y por lo tanto, luego, me sentiré honrado.
Jueves, abril 08 de 2010, 4:10 p. m.