Si yo fuera millonario, frente a esta calamidad, no estuviera apelando al buen corazón de la gente que nada ha sufrido y que nada tiene para dar. Eso sería como succionarle la sabia a una planta y dejarla sin su sangre. Es quitarle el pan de la boca al que vive de su salario; claro, la gente lo hace de todo corazón, porque le conmueven las imágenes de la pobre gente que se quedó sólo con las manos y un par de cadáveres por sepultar. Pero yo no haría eso. Lo principal para mí sería proveer de todo cuanto necesite a una comunidad que ha quedado en el desamparo... y lo haría en persona, con mis empleados, no con la intención de que mi cara se robe la portada de un matutino sino porque estoy conmovido de ver tanta desgracia y pobreza juntas.
Que alce la mano aquél que nunca ha dudado. Si hasta el mismo Jesucristo en el momento supremo de su propia agonía lo hizo. A mí las dudas me sirven para reflexionar y encontrar alguna posible verdad. En más de alguna vez (creo) logro acertar.
miércoles, 11 de noviembre de 2009
lunes, 9 de noviembre de 2009
Las campanas de la discordia
Eran los años en que la caña de azúcar, el maíz y el cafeto tenían presencia en Antiguo Cuzcatlán. También eran los años en que la gente de otros tiempos venía a escoger el racimo de café, los rojizos granos que generaban su pan de cada día.
Bajo la ceiba veo en mi magín, congrergarse, después de la jornada, a campesinos que cuentan sus cuitas al compañero de surco o de algún espanto que vieron en el ojo de agua cuando llenaba su tecomate. Me imagino verlos con su sombrero, su machete, su pantalón pepeshtiado y su camisa saturada de transpiración.
Eran tiempos en que la iglesia-capilla construida de adobe y zinc, rezaba las jaculatorias al santo de su devoción y Los Inocentes eran inocentes (y aún lo son) de las fiesta en su honor.
Llegó el momento en que la iglesia-capilla tuvo que tumbarse y en su lugar construir una de ladrillo, hierro, grava y cemento. El grave problema era dónde resguardar la campana, mientras al edificio de la fe terminaban por colocarle la última teja. Resulta que, las autoridades eclesiásticas dictaron que debía estar, transitoriamente, en la Basílica el Sagrado Corazón... y des de allá, ya no volvió para conocer su nueva casa.
La actual inquilina, dice don Magno Garay, fue donada por Luis XV*, rey de Francia y de Navarra, y don Wenceslao Montoya** comenta que la donó un rey de España, cuyo nombre perdió vigencia en los sagrados recintos de su memoria.
Don Wesceslao dice que hasta reclamos de parte de nuestra iglesia hubo con la intención de recuperar las antiguas campanas, pero tales reclamos no fructificaron en nada y las que ahora doblan o repican no son las que deberían tañer.
Habría que, con mayor tiempo e investigación, rescatar y difundir lo que hasta por ahora sólo es privilegio de gente que vivió esos momentos y que guarda retazos de historias y del tiempo en su memoria. Sería bueno escuchar la versión de la misma historia, contada por distintas personas y de entre ellas plantear una hipótesis y ofrecer una conclusión... para la buena salud histórica de nuestra gente.
* Bastante improbable si tomamos en cuenta que Luis XV reinó entre 1715 y 1774.
** Bastaría con investigar quién o cuál rey de España donó la campana, o si por el contrario, fue otra persona la donante.
Bajo la ceiba veo en mi magín, congrergarse, después de la jornada, a campesinos que cuentan sus cuitas al compañero de surco o de algún espanto que vieron en el ojo de agua cuando llenaba su tecomate. Me imagino verlos con su sombrero, su machete, su pantalón pepeshtiado y su camisa saturada de transpiración.
Eran tiempos en que la iglesia-capilla construida de adobe y zinc, rezaba las jaculatorias al santo de su devoción y Los Inocentes eran inocentes (y aún lo son) de las fiesta en su honor.
Llegó el momento en que la iglesia-capilla tuvo que tumbarse y en su lugar construir una de ladrillo, hierro, grava y cemento. El grave problema era dónde resguardar la campana, mientras al edificio de la fe terminaban por colocarle la última teja. Resulta que, las autoridades eclesiásticas dictaron que debía estar, transitoriamente, en la Basílica el Sagrado Corazón... y des de allá, ya no volvió para conocer su nueva casa.
La actual inquilina, dice don Magno Garay, fue donada por Luis XV*, rey de Francia y de Navarra, y don Wenceslao Montoya** comenta que la donó un rey de España, cuyo nombre perdió vigencia en los sagrados recintos de su memoria.
Don Wesceslao dice que hasta reclamos de parte de nuestra iglesia hubo con la intención de recuperar las antiguas campanas, pero tales reclamos no fructificaron en nada y las que ahora doblan o repican no son las que deberían tañer.
Habría que, con mayor tiempo e investigación, rescatar y difundir lo que hasta por ahora sólo es privilegio de gente que vivió esos momentos y que guarda retazos de historias y del tiempo en su memoria. Sería bueno escuchar la versión de la misma historia, contada por distintas personas y de entre ellas plantear una hipótesis y ofrecer una conclusión... para la buena salud histórica de nuestra gente.
* Bastante improbable si tomamos en cuenta que Luis XV reinó entre 1715 y 1774.
** Bastaría con investigar quién o cuál rey de España donó la campana, o si por el contrario, fue otra persona la donante.
jueves, 29 de octubre de 2009
Arrepentimiento
...Porque el arrepentimiento implica una promesa interna, no conmigo mismo sino con mi real ser. Quiere decir entonces, no caer nuevamente en pecado.
Si falto, he roto mi juramento; o sea pues, que a cada instante, por cada promesa quebrantada he faltado a mi más alto deber.
Si me arrepiento, mi promesa será: "¡No romperé mi juramento otra vez!"
Si falto, he roto mi juramento; o sea pues, que a cada instante, por cada promesa quebrantada he faltado a mi más alto deber.
Si me arrepiento, mi promesa será: "¡No romperé mi juramento otra vez!"
martes, 27 de octubre de 2009
Renunciación
A la renunciación se llega por la privación. ¿Privación de qué? Privación de lo menos vital, de aquello que esté demás en tu sagrada existencia.
La renunciación debe estar ligada a la religión... Porque la religión es un nuevo sistema de vida, de conversión íntegra, de renovación en su máximo exponente.
Llega pues, a la renunciación, despojándote de todo lo inmundo que densifique tu espíritu.
La renunciación debe estar ligada a la religión... Porque la religión es un nuevo sistema de vida, de conversión íntegra, de renovación en su máximo exponente.
Llega pues, a la renunciación, despojándote de todo lo inmundo que densifique tu espíritu.
miércoles, 21 de octubre de 2009
Campo(santo)pecador
Ahora (y siempre) que se avecina el Día de los Difuntos y que le antecede el Día de los Santos, me he preguntado por qué a los cementerios les llaman camposantos. Y mi respuesta ha sido que no existe ninguna razón para llamarlos así, porque realmente, bajo paladas de tierra no hay ningún santo. Debería llamárseles campopecador, porque pecadores son los que la tierra guarda en sus entrañas y no santos. Los santos están en el cielo, y antes de que esa categoría divina cubriera sus yertos cuerpos fueron pecadores. A algunos hombres y mujeres, que guardan compostura en los cementerios, la Iglesia, se encargó, tiempo después, de elevarlos a los altares.
Silencio y soledad
Calló el silencio y quiso acompañarme la soledad. Pero ahí estabas tú, y tus palabras fueron como un bálsamo en las heridas que me dejó un amor ya distante.
Ese texto que no vi, pero que escuché y ese aliento tuyo, muy tuyo impulsaron a mi barca a puerto seguro.
El naufragio que quiso y no pudo ser quedó atrás. Y si ese aliento es tuyo, muy tuyo, tú eres mía, muy mía.
Ese texto que no vi, pero que escuché y ese aliento tuyo, muy tuyo impulsaron a mi barca a puerto seguro.
El naufragio que quiso y no pudo ser quedó atrás. Y si ese aliento es tuyo, muy tuyo, tú eres mía, muy mía.
Miércoles 10 de octubre de 2009, 7:34 p.m.
viernes, 9 de octubre de 2009
Jaculatoria a la mirada
Eterna mirada la que tienes, mujer enamorada, de ángel escondido tras la hierba en las vegas de Dios. Mirada de mujer gozosa de la vida, plena de tus montes donde mana leche y mana miel.
Tu sensualidad perturba a cualquiera que ose mirar y tocar tu cabello color azabache.
Mirada hermosa la que tú tienes, mujer de los ojos festivos. Amo esa mirada que cae en mis ojos y en mi piel, y me olvido de quién soy, por los siglos de los siglos. Amén
Tu sensualidad perturba a cualquiera que ose mirar y tocar tu cabello color azabache.
Mirada hermosa la que tú tienes, mujer de los ojos festivos. Amo esa mirada que cae en mis ojos y en mi piel, y me olvido de quién soy, por los siglos de los siglos. Amén
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