miércoles, 8 de julio de 2009

Crueles intenciones


Sabes que te escribo y no me contestas. Sabes que te adoro y no encuentro correspondencia. Sabes que moriré en el intento, porque tu corazón ya no es tuyo y nunca ha sido mío. Sólo espero que aquél caco malvado se muera el día en que piense robarte un beso... y la virginidad.

lunes, 6 de julio de 2009

Epístola séptima

Série cartas.
Fotografía: Eduardo - Soares


Donde Ana P. G., al siguiente día, en la oficina de correos, remite otra carta que debió ser posdata en la epístola anterior.

J. O.:
La presente epístola debió haberte llegado como una posdata; pero por ser yo quien escribe, pienso que tú sobreentiendes algunas situaciones, cuyo trasfondo necesita de una merecida explicación.
Cuando en mi carta anterior te escribí: “Mi intención era que nos reconciliáramos para que, entre mis padres y yo, no continuara la nota discordante que había alterado nuestra armonía”, me refiero a que mis progenitores estaban furiosos conmigo, porque sin decir agua va te había despachado (creo que eran las cuatro o cinco de la madrugada, un día después del acuerdo obligado) para tu domicilio y porque no sabiendo ellos de mi gran desliz, colegían el derrumbe y fallecimiento de nuestro amor. Aún más, el patronímico familiar quedaba en desventajosa posición por culpa de mi vil actitud.
Por siempre tuya, aunque sea en mi cabeza, atentamente,
Ana P. G.

El Carao, Intipucá, febrero 04 de 2000

viernes, 3 de julio de 2009

Despiadado el tiempo (y III)


III


Por fin, los dos hidalgos llegaron a la barbacana; la traspasaron, y pronto, el puente levadizo fue su vecino.
El puente estaba tan abollonado, que decidieron estirar las piernas para atravesarlo. Sabían que hidalgo y caballo, haciendo un solo peso hundirían el puente y caerían, sin duda, a la corriente infestada de yacarés.
Sorteando los diferentes espacios vacíos del puente, lograron cruzarlo no sin pocas dificultades.
Frente a ellos estaba el umbral del castillo con la puerta mal cerrada. Para abrirla, la forzaron un poco: los goznes no pararon de lamentarse hasta que ésta hubo terminado su movimiento de traslación.
Habiendo penetrado en su interior, observaron los rasgos de magnificencia que una vez tuvo y la ruina en que ahora se encontraba.
- Es un castillo hermoso y fúnebre a la vez – dijo uno de los hidalgos.
- Sí – corrigió el otro – este alcázar es un monumento a la vitalidad y a la muerte.
- Sus moradores de seguro vivieron en la opulencia.
- De eso no cabe ni la menor duda.
En ese instante un ligero viento estremeció las jambas, como si el aliento de la última palabra pronunciada por el hidalgo lo hubiese producido adrede.
Las jambas cedieron al peso del dintel, cayendo vencidas al suelo y aumentando el acceso de lo que parecía ser la habitación del noble.
- ¡Vamos! – dijeron al unísono
Ingresaron a la sala amplísima. Una tenue iluminación que salía del estudio y se extendía hasta la puerta, les llamó la atención. La luz, tímida, lanzó su último aliento aferrándose a la vida: la vela había muerto. El Barón por su parte, respiraba con dificultad queriendo importunar a la Muerte: aquella que se lo quería llevar, éste que la retenía. La Muerte, al fin, estiró la cuerda con menos debilidad y aquél, no pudiendo sostener la fuerza, dio un respiro hondo lleno de fatalismo.
- Hemos sido testigos de la muerte del Barón – acotó un hidalgo.
- Al menos la soledad no fue su compañera en los últimos minutos
de su vida.
- Cierto – dijo con laconismo el primero.
Ya había amanecido completamente, y los rayos del sol entraban alegremente por la ventana. Ahí estaba la figura del Barón: huesuda, que en vida parecía un cadáver y ahora ya no podía simular.
La cabeza reposaba sobre el escritorio, y varias cuartillas debajo de éstas.
-¿Será su libro póstumo? – preguntó un hidalgo a otro.
-No lo sé – respondió
-Veamos entonces
Bastó levantar un poco la cabeza para sacar las páginas.
En las mencionadas cuartillas, podía leerse:
Castillo de Sigognac, agosto 3 de 1464
Soy el último de una estirpe sin par. Nunca hice daño a mi prójimo, ni al noble ni al plebeyo; más bien, mi palma llena de magnanimidad y de justicia se posó en sus hombros entristecidos. Mis ascendientes también guardaron inocuidad en favor de sus semejantes, a tal grado que, cuando uno de ellos respiraba el último hálito de vida, la plebe abarrotaba (porque un edicto lo permitía: la soberbia hacía mucho tiempo ya, que descansaba sepultada en el olvido) el interior del castillo.
Jamás le fui infiel a mi esposa y sólo cuando ella faltó a causa de una terrible enfermedad, la melancolía y la soledad me arrojaron a escanciar las copas y a vivir una vida colmada de crápula.
Estando mi esposa con aliento, escribí aquel tratado de moral que a mucha gente incomodó. Gracias a La moral disecada, mi cabeza fue puesta a la venta, pero jamás, nadie, logró separarla de mi cuello.
Tiempo después hubo sucesión de nobles y de Pontífices. Éstos más maduros y con la cordura a flor de piel, emitieron, cada uno a su estilo, un edicto. El uno me indultaba la vida y el otro, levantaba la excomunión, que aún, a fuerza de autosugestión, estigmatizó mi espíritu. Este edicto llevaba por título Pater, dimítte illis: non enim sciunt quid faciunt. La verdad es que ningún perdón y olvido me hacían falta, porque ya me había acostumbrado al nomadismo inútil. La única gracia de estos edictos es que pude volver libremente al castillo de mis ancestros.


* * * * *


Siento que la vida se me extingue... Ahora que las fuerzas vitales me abandonan y la Muerte ejerce sobre mí su gobierno, lego este castillo al despiadado tiempo, para que continúe ejecutando su obra de desprecio sobre mi munificente y bien amada estirpe.

Barón de Sigognac

-En verdad, éste – dijo un hidalgo, señalándolo – era un gran Barón.
-Lo era – prorrumpió el otro.
El sol caía feroz en los alrededores y el castillo se volvía más triste.

Epístola sexta

Letter. Fotografía: Manu Ruizarte


Donde Ana P. G. responde a una pregunta clave y da cuenta de las malévolas intenciones que, en el fondo tenía su llamada telefónica.

J. O.:
Con tu cuestionamiento pretendes disipar toda niebla de dudas que, como terrible ceguera han soportado tus ojos del entendimiento. Con base en esta justificación me arrojas una interrogante clave, cuya respuesta, creo, te la proporcionaron los acontecimientos ulteriores al no tan feliz término de nuestra relación.
Bueno, como tú sabes, mi óvulo no le negó posada al espermatozoide del “otro personaje”, situación por la cual, en un abrir y cerrar de ojos quedé fecundada. El hecho no era bomba de relojería si la bendición nupcial hubiese sido la mediadora; pero mi relación marital se destacaba por no descansar en el tiempo y en el espacio adecuados, y peor aún, mis padres no sabían del engaño que había perpetrado en tu contra.
Para alcanzar mi objetivo, en la mente había urdido un plan que, de no haber fallado, éste habría sido endiabladamente perfecto. En el centro de esta treta estabas tú. El plan era sencillo, pero a la vez, el más sórdido y malvado que he concebido. Paso a la exégesis del asunto. Como paso inicial mi intención era que nos reconciliáramos para que, entre mis padres y yo, no continuara la nota discordante que había alterado nuestra armonía. El paso medio consistía en que, con los artilugios aprendidos en la cama te haría dar un gran desliz, hasta verte caer en tentación y mordiendo la manzana de Eva, gozaras de tu disparo seminal y yo de mi triunfo a costillas de tu caída. El paso último puede colegirse de los dos anteriores, que mi íntegro propósito era otorgarte la paternidad con una criatura, cuyos lazos sanguíneos denunciaban a otro autor genético. Así de fácil, así de estólido, así de irónico y así de maquiavélico era el plan fallido como consecuencia de tu empecinada negativa.
Con el correr del tiempo me di cuenta que tu decisión fue acertadísima y sabia. Ahora pienso que, si mis aspiraciones hubieran alcanzado el objetivo, mi conciencia cargaría una cruz más grande de lo que es mi aliento, y creo que jamás me habría liberado de su aplastante peso. Gracias te doy por haber sido severa conmigo, echando en tierra mi vasta podredumbre que te conduciría a ser títere de mi perpetuo engaño.
He sido sincera contigo. Quien aun te ama con el corazón,



Ana P. G.

El Carao, Intipucá, febrero 03 de 2000

jueves, 2 de julio de 2009

Despiadado el tiempo (II)


II

El Barón prosiguió en su afán de redactar algunas cuartillas. Una lluvia de sudor anegaba su frente, mientras que un ligero estremecimiento del cuerpo, continuando por una tos extendida y seca lo lanzó a la desconcentración.

Sintió un sabor acre en su boca: era la sangre bombeada desde los pulmones. Vomitó un escupitajo rojizo que, al caer sobre el piso, la figura de una calavera se dibujó.

miércoles, 1 de julio de 2009

Epístola quinta

Todas as cartas de amor sao ridículas.
Fotografía: Carlos Rouen Menard

Donde el pasmo fue la mejor bofetada, el cuestionamiento acerca de la llamada telefónica y la respuesta a una posdata.



Ana P. G.:
¡Quia! El pasmo fue la mejor bofetada que recibí al leer tu carta. No podía creerlo, y sin embargo, tu grafía era tan clara que lanzó mi incertidumbre al reino del olvido. La estupefacción demudó mi rostro, te lo aseguro.
Has respondido a cabalidad mi inquietud, gesto tuyo que agradezco profundamente. Aún tengo otra interrogante, la cual corroe mi cerebro y mantiene en vilo mi razón. En el pretérito, cuando la tijera de tu boca demostró que el filo era efectivo cortando mis alas, un mes después llamaste por teléfono con la intención de reconciliarnos, pero te respondí que el cincuenta por ciento de lo nuestro ya era un cadáver. ¿Tu petición de reconciliarnos era sincera o había alguna otra razón que motivó tu llamada? La franqueza es tu mejor defensa; contéstame.
Respecto a tu posdata me atrevo a decirte que, como mi nombre carece de ataduras partidistas (y mi mente tampoco la necesita) puedo ofrecerte una opinión imparcial, sobria e independiente acerca de los candidatos mayoritarios a la alcaldía capitalina, Cardenal y Silva. Voy al quid del asunto.
Aún con todo el halo de prestigio en que está envuelto Luis Cardenal, le será más que imposible ganar la contienda electoral por dos razones. Primero, porque es una figura nueva en el escrutinio político y segundo, porque su estrategia de sumar votos no se adecua a los tiempos de la sana tolerancia; es decir, se puede soportar toda la campaña propagandística que nos colma de hastío; pero el acabóse toca límites de intolerancia cuando el ciudadano que navega en las turbulentas aguas políticas (y máxime si se postula para un cargo público) manifiesta que: “Vamos a ganar, desacreditando al actual alcalde”. Todo ciudadano (sin importar la banderita que lo identifique) debe exponer su plataforma de trabajo con responsabilidad y con mucha, muchísima ética hacia su rival.
En cuanto a Silva lo considero un magnífico edil, pues en tres años de mandato en la alcaldía capitalina, su contribución al municipio de San Salvadora ha ido evidente: construcción del relleno sanitario, resucitación de las plazas públicas (limpias, exornadas y sin vendedores ambulantes). Éstas, creo, son las obras más significativas que nadie, ningún alcalde se había atrevido a realizar.
“Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, dijo Jesús, el Cristo, mucho antes de ser crucificado. Sabias palabras del Maestro, diría yo, reflexionando ahora.
Que conste, no soy simpatizante de ningún partido; además, no voto en San Salvador, y mi voto, este doce de marzo, lo anularé, porque no me convencen las propuestas políticas y a los políticos de mi ciudad les abunda la carencia de vocación.
Sinceramente,
J. O.



Antiguo Cuzcatlán, enero 25 de 2000

Despiadado el tiempo


Para Teófilo Gautier (1811 – 1872)
autor de El Capitán
Fracasse,
cuyo personaje literario rescaté del olvido,
sólo para conducirlo a los linderos de
mi propia ficción.



I


Dos figuras ecuestres subían la colina. El camino, accidentado y fangoso, serpenteaba hasta el culmen donde dormía el castillo. Los equinos abismaban sus patas en el lodo, extrayéndolas con rapidez, cual si este estuviese contaminado de carbones encendidos.
Eran las cinco y media de la mañana y la claridad aún no bañaba con su luz de oro a los hidalgos.
Arriba el castillo era una desmesurada mole de piedras que, a contraluz proyectaba en la sima, sombras gigantescas y fantasmagóricas.
A la vera de la senda crecían la zarza, la ortiga, la cicuta; la araucaria, el boj, la retama y la seta al pie éstos, cual afección cutánea por la humedad retenida.
En los pináculos de las torres se elevaban las astas y en el extremo superior divisábanse jirones de banderas, que se agitaban nerviosas con el soplo de la tramontana. Las paredes carcomidas por la caries del tiempo, acusaban total incuria del único morador del castillo, que una vez fue próspero y ahora encontrábase en el peor descalabro financiero motivado por el dispendio, el arte lúdico, la relación asidua con mesalinas y el achaque de salud visible en todo su continente.
El castillo estaba próximo al fracaso. Las paredes ya no soportaban el enorme peso de la fortificación. Fragmentos de tapia descansaban exánimes sobre el césped; otros, moribundos, caían vencidos por la vetustez del edificio.
La ventana principal del castillo danzaba al temblor de una vela. Ahí estaba el Barón, en su oficio, escribiendo con una pluma de ánsar. Escribía, y por momentos dejaba su posición para alzar el rostro: parecía filosofar sobre aspectos fundamentales de la Vida.
De él era aquel tratado, cuyo titulo, La moral disecada, causó tanto ruido y revuelo en la sociedad. La alta alcurnia, dolida en su pundonor, no tardó en manifestar su discrepancia en tono de protesta: El libro constituye una diatriba en cuyas márgenes se desbordan la estupidez, la infamia y la majadería. Es un escrito lleno de estéril acrimonia y de latente frivolidad. La Iglesia no se quedó atrás, pero fue más lacónica en su pronunciamiento: El libro es un libelo al cual debe restársele interés, ya que de nuestra parte, tiene su debida reprobación.
El Barón volvió a tomar su prístina posición y hundiendo los ojos en el papel, la pluma continuó con su pausada escritura.
Con el rabo del ojo observaba fugazmente, el libro que tanto incomodo había causado en los hombres de estirpe azul y en los que llevan la cruz en el pecho. Estaba abierto y en la página derecha podía leerse: Capítulo V. La ética impúdica. Los de fina prosapia y la Santa Sede siempre han ido como dos escolares: agarraditos de la mano. Toda prédica o acto inmoral del buen linaje es bien visto por la Iglesia. Bendice y ensalza al guerrero, al que se alimenta con el oficio de la usura, al adúltero. Porque, ¿quién es el que elabora y firma los edictos de batalla, quién el que autoriza la usura? Y finalmente, ¿quién es el más adúltero?: El de alto linaje. De estos tres males, el último es el que causa mayor desgracia a la comarca, porque ¿qué haremos con tanto sifilítico, cuya manutención vitalicia quedará al Estado y que para captar más fondos, es necesario sangrar a la plebe vía tributos? Con su prestancia en el vestir y sus hipócritas actuaciones, la gente soberana pretende oscurecer la claridad. Si los barones, los reyes, los príncipes, los marqueses, etc., representan un abyecto prototipo para el populacho, éste obrará en la misma dirección de su autoridad superior, y no habrá sanción ni palabra, que imponga dique al río de pasiones. Por ejemplo, si la baronesa practica escenas de alcoba con un hombre distinto a su propio consorte, existe una clara violación de la fe conyugal. Si un hombre del pueblo ejercita idéntica relación, el acto es semejante al de la baronesa: ambos son incastos, protervos e inicuos. La primera lo sabe disimular con su afectación de modales, su buen vestir, la coquetería femenina ante su marido y sus artificios sexuales en el momento de compartir el tálamo. El segundo, menos precavido y más feroz para el sexo, vuelve subrepticiamente al nido ajeno con mayor frecuencia. La verdad es que ambos, noble y plebeyo, cometen adulterio a granel. La baronesa, como buena actriz, sale incólume de su vorágine infiel; al plebe, a fuerza de alabarderos lo llama la guillotina. Es el ambiente horrísono, despiadado y arbitrario que se respira en la Francia del siglo XV.
Por haber vapuleado a la alta alcurnia, el Barón había sufrido emboscadas, felonías y persecuciones. La Santa Sede lo excomulgó y hasta le tendió trampas arteras para que su muerte pareciera un accidente, pero todo intento consumado le resultó fallido.