martes, 5 de agosto de 2008

Mantener viva la llama del amor

Se debe ser demasiado pesimista para ensombrecer la luz del día y además, herirla. De paso, apagar la luz de nuestros vecinos, que con buen esfuerzo la mantienen viva. Por otro lado, sea o no malvada la intención siempre nos convierte en emperadores de Satán.
Hay que mantener (es necesario) viva la llama del amor, que en este mundo hace falta.

Ofrenda*

Piel ardida en aguas turbulentas;
camino de apóstol
andado con tanta entereza;
ofrenda lírica
al final de la cuesta.

San Salvador, enero 18 de 1994

*Para María Teresa

El coronel sí tiene quien le escriba*

Sentado en el malecón de la isla Los Olvidos, el coronel esperaba la embarcación que consigo traería el servicio postal. Precedía a su dilatada espera, la visita a la Oficina de Correos para enterarse de si la pensión ya había tocado tierra firme.
Su esposa, doña Leonor de los Remedios murió de sida en una batalla tan desigual, que pocas oportunidades de ganarle a la muerte le dejó a su vida.
En la lejanía marítima estaba a la vista un diminuto punto negro. “Ahí viene mi pensión”, decía. Pero no, era un buque que de paso iba. Todos los días era la misma rutina: no se cansaba de esperar la tan ansiada pensión, o al menos esa impresión daba al verlo sentado en la dura superficie. Arrancó un pedazo de hierba retorcida, que de la caliente arena salía con vencedora impetuosidad. La mordió y estaba amarga y picante como su propia furia:
- ¡Mierda! ¡Aquí me voy a estar pues, esperando la maldita pensión que no llega! Son pendejadas, yo me voy y que llegue a la Oficina de Correos cuando le venga en gana.
Esto lo decía cuando ya el sol era un globo hundido en el mar. Se calzó las botas, se las amarró y desandó el camino que de regreso pasaba por la tienda de don Güicho, a comprar ungüento que él mismo don Güicho fabricaba.
- Cada vez, don Güicho, como que le mete más agua o alcohol que alcanfor a este ungüento.
- Puros cuentos suyos, coronel, si la misma fórmula que utilizó mi
bisabuelo estoy usando.
- Sí, la misma fórmula, pero adulterada.
- Como su mujer, verdad – dijo con sorna don Damián, que en ese instante pagaba un paquete de puros.
- A ella ni me la mencione, que el recuerdo mata un poquito de mi vida.
- Sí, claro, perdone, que la herida aunque vieja, sigue abierta.
- No soporto el peso del engaño, peor si se trata de un siete mares.
- Ella no lo engañó, coronel – salió en defensa de la difunta, don Güicho --, recuerde que cuando eso pasó, ustedes ya no tenían nada qué ver y si vivían juntos era por pura conveniencia religiosa, para que la gente y el cura siguieran pensando que eran un matrimonio perfecto. En cambio usted sí le puso los cuernos con muchas damiselas, y ella ni siquiera renegaba; pero se cansó de sus burlas y engaños: fue entonces cuando se metió con aquel marinero procedente del Reina Victoria II.
-Ya, ya, ya, no me sermonee más y dígame cuánto cuesta el tarrito de ungüento, don Güicho.
- Usted ya sabe, y me lo paga cuando le venga la pensión.
- Pues sí, pero es que uno de hombre tiene que mostrar su casta, su virilidad y su fineza de palabra para que las diosas del amor no piensen que uno es poco hombre.
Sacó del pantalón una moneda de cincuenta centavos, la puso en el mostrador, dio media vuelta y dijo:
- Abónelos a mi cuenta, no vaya a ser que mañana me muera debiéndole, don Güicho.
- Dios lo oiga y no sea rencoroso, coronel, que las verdades se dicen de frente para que no escupa el sapo.
Siguió su camino empedrado de penas y ni las luces del vecindario fueron capaces de alumbrar sus más oscuros pensamientos.

II
Le pegó el último chupete al puro y lo arrojó con violencia en una esquina del jardín. Balanceándose en la hamaca, pensaba en la pensión que nunca llegaba; en la batalla sangrienta que lo dejó cojo y que gracias a Dios casi pierde un ojo; en la vida disoluta que había llevado desde adolescente; en su madre; en su mujer adicta a la fidelidad, pero que de tantas voces y verdades el cántaro al fin se quebró. Se durmió y luego despertó sobresaltado. En la pesadilla su difunta esposa llegaba a traerlo para saldar cuentas: lo tomaba del pelo y lo arrastraba hacia el cementerio, echándolo en el foso que él mismo había cavado en cumplimiento de la sentencia por ella impuesta. Dos demonios viejísimos idénticos a él, paleaban la tierra en su desvalida humanidad; el peso de la tierra, sumada a la falta de oxígeno le provocaban asfixia.
- Coronel, coronel, despierte.
Era el empleado de correo que traía correspondencia.
- ¡Achís, al fin se acordaron de mí!
- Firme aquí, coronel.
Garabateó la firma en el papel y por poco olvida los colochos, las rayas y las eses que parecían cincos en un buque perfectamente contrahecho.
- Gracias.
- De nada, y ya no sueñe más pesadillas. Adiós.
Abrió el sobre, sacó la cuartilla, la desdobló y procedió a la lectura, obviando la fecha:
Muy estimadísimo coronel:
Me es grato saludarle y comunicarle que su pensión ha sido autorizada en sesión efectuada el treinta de agosto. La honorable asamblea legislativa aprobó un decreto que fue publicado en el diario oficial de fecha cinco de agosto y entró en vigencia ocho días después.
Como usted sabe, la burocracia atrasa y entorpece trámites de suma importancia. El decreto en mención fue recibido en esta oficina el uno de septiembre. Le escribo sobre el decreto, pero no le explico su contenido. Cito: “Todo aquél o aquella persona que habiendo tenido relaciones genitales con otra, la cual esté infectada con el virus del sida, o que en su cuerpo hospede al virus, no tiene derecho a pensión alguna, sea que esté autorizada o no. Para las pensiones autorizadas se ordena desautorizarlas, y aquél funcionario que no tome este decreto como suyo, o haya enviado la respectiva pensión, le será descontado de su sueldo el o los envíos que en ese concepto haya remitido, o en casos graves, se procederá al despido del funcionario sin goce de indemnización. No bastará que el solicitante de la pensión escriba en la solicitud que no tiene la peste del siglo, como le hemos dado en llamar, sino que además tiene que presentar los exámenes médicos que el formato señale”.
Lamentamos mucho no poder servirle.
Atentamente,
Alberto Rojas
Presidente de Pensiones Militares

*De Epistolas del amor (ad)yacente, premio único XIV Juegos Florales Ahuachapanecos, 2007

domingo, 3 de agosto de 2008

Cosas (y situaciones) veredes, mi querido amigo

El deprimirse y la desesperación son malas consejeras. ¿Hasta dónde llevan al sujeto así afectado? A quitarse el hálito de vida que posee.
Conozco un caso que, el hombre sintiéndose afectado porque la mujer le ponía los cuernos decidió quitarse la vida con un revólver. Quizá la afrenta no hubiera sido de mayúsculas proporciones, o el deshonrado habría decidido en común acuerdo con la pecadora, que ella viviera una doble vida marital; pero es que dicha situación era del dominio de la vox pópuli, y eso dolía más que cualquier espina en el corazón. Fue tanta su congoja que, una día durante la cena subió a la segunda planta con cualquier pretexto sólo para asestarse un tiro en la cabeza. Y fue así que terminó la vida de Carlos Cardoza.
La otra vida siguió y sigue con el amante por el cual el propio marido se quitó el vida.

sábado, 2 de agosto de 2008

¿Falta de sentido común?

Salgo del supermercado con el cagamento de vituallas, artículos de limpieza para el hogar, productos para el aseo personal, compresas higiénicas, alguno que otro bombillo, cerillas, pasta dentífrica, etc. De ambas manos cuelgan bolsas biodegradables que soportan el peso de la mercadería, algunas veces (casi siempre, me corrijo) mal ordenada y sólo tirada en las bolsas plásticas por el empleado de turno. Esquivo con habilidad a la gente (escribamos Ernesto, para decir un nombre y su pacotilla de ilustrados: el ingeniero, el doctor, el arquitecto, el contador,...) que, como es común, camina como si en el mundo sólo existiera él, sus amigos y parentela y no le importara a quién o a quiénes tuviera enfrentre; es más, ni siquiera se percata del obstáculo humano (según su mega orgullo de "homo sapien" discapacitado de lo elemental: el pensamiento) con el que de seguro colisionará si es que no estoy atento a la torpeza de los susodichos.
Bien, esquivo y las bolsas la hacen de trapecistas de circo. Justo para salir del supermecado, piso el espacio libre para estacionar vehículos, y el conductor, aun viéndome decide avanzar sobre el espacio vacío que por derecho, ya he ganado. Cambio de estategia y apartándome (para mi libre tránsito), hacia el pasillo dejado entre otro automotor y el que en su momento me obstruyó el paso, y ya sea el conductor o copiloto abren la puerta (porque él necesita salir y no conoce o conociéndolas, ignora las elementales reglas de la cortesía) obstruyéndome nuevamente el paso.
Descortesía, mala educación, orgullo, falta de sentido común. ¿Hasta qué punto de deshumanización hemos llegado y hasta dónde llegaremos con tanta pérdida de valores?

viernes, 1 de agosto de 2008

Celebración anticipada

Sabiendo que el día de mi santo está comprendido entre el período de vacación, la gente de la oficina, para agasajarme, decidió hacer una colecta y con ella comprar repostería para compartirla con todos a manera de pastel de cumpleaños. El departamento jurídico me mostró otro bonito detalle, y como para el mes de agosto la lista de cumpleañeros es bastante obesa, convocaron a varios de ellos (incluido yo), porque ya tenían planificado festejarnos el día con un almuerzo. Almuerzo que ellos mismos prepararon: carne asada, arroz, chorizo, ensalada,... Deleite de los dioses, diría yo, con semejante banquete, preparado por los compañeros abogados y las compañeras abogadas. Gesto que agradecí profundamente con todo mi corazón,.. es algo que no esperaba y que no termino de agradecer.

Las esperadas (y merecidas) vacaciones

La Semana Santa nos tomó por asalto y cayó en el primer trimestre del año. Tuvimos unas vacaciones demasiado tempranas, pero mucho tiempo esperamos para las del mes de agosto. Y la verdad es que sí, el cuerpo se resiente del ajetreo laboral, y sería un Pinocho si dijera que no las esparaba con ansias. Hoy por fin, viernes uno, último día de trabajo y del desfile del correo, que es el inicio oficial de las fiestas patronales de San Salvador. Sólo me queda esperar el día de mi natalicio y el seis, que es la Transfiguración de El Salvador del Mundo, patrono de El Salvador, para luego el siete, regresar con renovadas energías.